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Hoy es 22 de marzo, domingo de la quinta semana de cuaresma.
Allí en cada uno de nosotros, un deseo insaciable de vida, de profundidad, de sentido.
Cada momento de oración, de escucha y de silencio como este, es una oportunidad única para alimentar mi esperanza en el Dios amigo de la vida.
A veces, quizás siento que llega tarde, que la dificultad es agobia.
Pero Jesús, una y otra vez, sale al encuentro para devolverme la vida.
La lectura de hoy, desde el Evangelio de Juan.
Marta y María, las hermanas del Áfaro, demandaron recado a Jesús,
demandaron recado a Jesús diciendo, Señor, el que tu amas está enfermo.
A loir lo Jesús dijo, esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y al Áfaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba.
Sólo entonces dijo a sus discípulos. Vamos otra vez a Judea.
Al llegar Jesús, Lázaro llevaba allá cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba a Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.
Y dijo Marta, Jesús, Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano,
pero ahora sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá.
Jesús le dijo, tu hermano resucitará.
Marta respondió, sé que resucitará en la resurrección en el último día.
Jesús le dijo, yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá,
y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre.
¿Crees esto? Ella le contestó.
Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Jesús, yo soy muy conmovido, preguntó, ¿dónde lo habéis enterrado?
Le contestaron, Señor, ven a verlo.
Jesús echa llorar, los judíos comentaban, ¿cómo lo quería?
Pero algunos dijeron, y uno que le abierto los ojos a un ciego, no podía haber impedido que este muriera.
Jesús, conmovido de nuevo, en su interior, llegó a la tumba.
Era una cavidad cubierta con una losa.
Jesús pidió quitas la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo, Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días.
Pero Jesús le replicó.
No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios.
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo,
Padre, te doy gracias por que me has escuchado.
Yo sé que tú me escuchas siempre.
Pero lo digo por la gente que le rodea, para que crean que tú me has enviado.
Y dicho esto, gritó con voz potente.
Lázaro, sal la fuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo, desatarlo y dejarlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
¡Dos hermanas sin consuelo y un amigo, Jesús, también roto!
Duré la separación, la ausencia, la soledad.
Es parte inevitable de la vida.
Como vives tú los vacíos, a limitación.
¿Qué realidad este tocan profundamente por dentro?
Y en medio de la oscuridad y la muerte, un dios que llega para abrir orizontes, curar heridas, generar vida.
¿Crees esto? ¿Qué ámbitos te gustaría que pasaran de la muerte a la vida?
El muerto salió.
Pocas veces se ve a un Jesús tan humano y frágil, como en este momento en que muere uno de sus mejores amigos.
Y pocas veces se nos invita con tanta fuerza a creer en su poder salvador.
Imagínate la situación, ante la muerte, ante el dolor que parece que no deja rescicios, frente a fracasos y desesperanzas.
Jesús va a confiar en el poder de un dios que es Dios de vida.
Contemplalo y deja que su amor te ilumine.
Pocas veces se ve a un Jesús tan humano y frágil, como en este momento en que muere uno de sus mejores amigos.
Jesús, el camino era pesado.
Jesús, por el viaje te has cansado.
Sin embargo, no te imporeto.
Y estás aquí.
Jesús, he salido a tu encuentro.
Desperaba con el corazón despierto.
Pero estaré para mí se pasó el tiempo.
Crece a mí me preguntaste.
Tu mirada se clavo en mis ojos.
Yo creo en ti, señor.
Yo creo en ti.
Te entrego todo mi corazón.
Lo que me duele es lo que te llere lo frágil que son.
Te promoviste por mí y me lloraste, señor.
Porque me viste solo en mi noche, en mi dolor.
Te entrego todo mi corazón.
Lo que me duele es lo que te llere lo frágil que son.
Me convoviste por mí y me tocaste, señor.
Porque tus manos lo pueden todos y tu eres Dios.
Vivo por aquí.
¡Vivo por aquí!
¡Vivo por aquí!
Déjate contagiar por esa fuerza de compasión y esperanza.
Cómo también a ti en tus heridas, en tus miedos, en tus muertes cotidianas.
Se te grita hoy desde la confianza profunda en el padre.
Le bántate y anda.
Le bántate y anda cuando no encuentres horizonte.
Porque siempre hay un camino que recorrer y no hay razón para dejar de intentarlo.
Le bántate y anda, aunque te rodé las sombras.
La luz se abre paso por rescicios insospechados y al iluminar la realidad, la llena de posibilidades.
Le bántate y anda, aunque te opriman las vendas.
Puedes quitarte muchos estorvos que te impiden avanzar.
Y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.
Le bántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.
Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano, quien te llena de espíritu.
Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,
las parálisis y vendas que te ahislan y entristecen.
Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.
Vamos, Blasaro. Le bántate y anda.
Marta encuentra en Jesús un amigo auténtico, para llorar, para quejarse, para confiar.
Habla también tú con Jesús, con esa sinceridad y confianza de los amigos auténticos.
Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de la semana, repitiendo en tu interior,
uno y otra vez este anelo. Señor, dame vida.
Señor, dame vida.

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