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Hoy es 20 de marzo, viernes de la cuarta semana de cuaresma.
La cuaresma va avanzando y me invita a recorrer un camino exigente.
Se trata de fiar mi suerte, mi vida, mis decisiones siguiendo las huelles de Jesús.
Al comenzar la oración, renovo mi confianza en Dios.
Sé que mi vida está en tus manos. Sé que yo, que todo y todos somos tuyos, Señor.
Y quiero confiar en tu palabra, en tu verdad y en tu bajello.
Las noches, las demurosas, los cogeras, y el sol a la una, las estrellas.
Es todo nuestro y vosotros de Dios.
Todas las rosas de la vida, esvigas al bolsbraderas.
O sea los míos montañas, que todo nuestro y vosotros de Dios.
Toda la música, las danzas, los trasflacieros, las ciudades.
Los hijos artes y culturas, es todo nuestro y vosotros de Dios.
Todas las veces que perdono, cuando son ríos y cuando lloran.
Cuando deshubro mis errores, es todo nuestro y vosotros de Dios.
Es todo nuestro y vosotros de Dios.
La lectura de hoy es el Evangelio de Juan.
Jesús recorría a Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo.
Se acercaba a la fiesta Judea de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos subieron marchado a la fiesta, entonces subió el también, no abiertamente si no escondidas.
Algunos que eran de Jerusalén, dijeron, no es este el quinto en tan matar, pues mirad cómo habla abiertamente y no le dicen nada.
¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías?
Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo grito, a mí me conocéis y conocéis de dónde vengo.
Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía.
A ese vosotros no lo conocéis. Yo lo conozco porque procedo de él y él me ha enviado.
Yo ocurrió que intentaban agarrarlo, pero nadie le pudo echar mano porque todavía no había llegado su hora.
Permarecer en silencio o proclamar en voz alta la fe.
Hoy Jesús parece encontrarse ante ese dilema.
El Evangelio nos dice que subió a escondidas a Jerusalén, pero también que hablaba abiertamente y agritos en el templo.
Hay lugares y tiempos para la discrección y el silencio, y hay momentos en que no debemos permanecer callados.
En un momento, en mi manera de hablar y de callar cuando se trata de la fe, del Evangelio, de dar testimonio en este mundo.
Pienso en mis silencios y en mis palabras.
Cuando callo es porque no hay nada que decir, es porque es mejor ser pudente o puede ser por miedo.
El Evangelio es porque no hay nada que decir, es mejor ser por miedo o puede ser por miedo o puede ser por miedo o puede ser por miedo.
La palabra del justo incomoda, remueve, inquieta.
Hasta tal punto que intentaban echarle mano.
Pido ahora a Dios que su palabra siga ardiendo en los corazones, también en el mío.
Despertando valentías, invitando a sus seguidores a proclamar la verdad, aunque no siempre sea fácil.
Y haciéndome con mis propias palabras, eco de su voz y su Evangelio.
Yo no vengo por mi cuenta, él me ha enviado.
Esa es la respuesta de Jesús a quienes no creen en él.
En el silencio y en la palabra, Jesús es un hombre con raíces.
Su nombre es Jesús.
Su nombre es Jesús.
Su nombre es Jesús.
Su nombre es Jesús.
Su nombre es Jesús.
Su nombre es Jesús.
Su nombre con raíces.
Su razón de ser es el padre, que le ama.
Pido a Dios padre, que me acerque a su hijo, Jesús.
Que me da a conocer su rostro y que pueda yo también, en mi vida, echar raíces en su voluntad.
Jesús recorría Galilea.
Pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo.
Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.
Una vez que sus hermanos subieron marchado a la fiesta, entonces subió él también.
No abiertamente si no escondidas.
Algunos que eran de Jerusalén, dijeron.
¿No es este el quinto en tan matar?
Pues mirad cómo habla abiertamente y no le dicen nada.
Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías.
Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías,
cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo grito.
A mí me conocéis y conocéis de dónde vengo.
Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía.
A ese vosotros no lo conocéis.
Yo lo conozco porque procedo de él y él me ha enviado.
Yo ocurrió que intentaban agarrarlo.
Pero nadie le pudo echar mano porque todavía no había llegado su hora.
Si escribo algo bonito es porque tú quieres.
Si mis palabras emergen y consiguen tocar armas o agitar con ciencias,
o despertar curiosidades, será porque tú.
En tu infinita sabiduría habrás querido servirte de ellas para llevar adelante tu plan infinito.
Pero si no lo logro, si las palabras no salen o si suenan vacías,
o no transportan la fuerza suficiente para transformar voluntades,
será porque tú, en tu infinita sabiduría, así lo tienes dispuesto.
Porque sé que lo tomas todo, mis palabras,
pero también mis silencios y los conviertes en ladrillos con los que edificarás tu reino.
En este momento final de la oración,
abro mi corazón y mis manos a Dios,
ofrece las palabras del reino.
Es una sorprendencia que se puede utilizar en el momento final de la oración.
En este momento final de la oración,
Abro mi corazón y mis manos a Dios, ofreciéndole lo que soy.
Le presento lo que he sentido y deseado en estos minutos,
para que con mis riquezas y mis pobrezas,
en todo pueda adorarle y servirle.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
como eran el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amen.

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