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Hoy es 4 de abril, sábado santo.
Hoy es sábado santo, no parece un sábado más,
pero en el fondo hay tanto nuestra vida de sábado santo.
Hoy me presento en este día de calma cansada,
en este día de fatiga y silencio, con toda la densidad de lo vivido,
con las sensaciones, emociones y sentimientos a flor de piel.
Me dispongo a permanecer, a conectar con una esperanza fecunda
que haces grotar en lo más íntimo de mí.
Me dispongo a escuchar tu palabra en el silencio de este día.
¿Qué me quieres decir?
La lectura de hoy es del Salmo 22.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Te queda lejos mi clamor, el rugido de mis palabras.
Dios mío, te llamo de día y no respondes, de noche y no me doy tregua.
Pero tu Señor, no te quedes lejos, fuerza a mío.
Apresúrate a su córrerme.
Libra mi vida de la espada, mi única vida de la garra del mastín.
Salva a mí de las fauces del león, de los cuernos de búfalos a este desgraciado.
Contaré tu fama a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré.
Cieles del Señor, al abadlo, linaje de Jacob, glorificadlo,
reverenciadlo, linaje de Israel,
porque no ha despreciado ni le ha repugnado la desgracia de un desgraciado.
No le ha escondido el rostro, cuando pidió auxilio le escuchó.
Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de los fieles.
Comerán los desvalidos hasta saciarse y alabarán al Señor los que lo buscan.
No perdáis nunca al ánimo, los recordarán y se volverán hacia el Señor todos los confines de la ti.
Se postrarán en su presencia las familias de los pueblos, porque el Señor es Rey, el gobierno a los pueblos.
ante él se postrarán las tenizas de la tumba, ante él se encorvarán los que bajan al polvo, conservará mi vida, mi descendencia le servirá
y contará quienes a la generación venidera, le anunciará su justicia al pueblo que ha de nacer, así actuó el Señor.
En la duda confía, en la incertidumbre confía, en lo malo en la tristeza, en Dios que todo lo puede confía.
En el miedo confía, en la pesadilla confía, en la muerte y en el odio, en Dios que sabe lo que necesitas.
Confía, confía, confía, confía, confía, confía.
Hoy es un día para la espera.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
Ayer, viernes santo, lo veíamos el medio del dolor, la dureza, la solidad.
Pero también es cierto que es el Salmo, que hoy escuchamos completo, se abre a la esperanza.
Te pido, Señor, que me ayudes a no dejar nunca de confiar.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
El Sábado Santo es un día para el amor, pero ¿cómo se define el amor en Sábado Santo?
Es un amor vencido, un amor entregado hasta el final, un amor que se ha consumido en su entrega,
un amor que ha sido rechazado por tantos que hasta lo han llevado a la cruz.
Y sin embargo, es un amor que, de algún modo permanece y resiste,
que ha de seguir latiendo en todos los que nos negamos a creer que la muerte tenga la última palabra.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
El Sábado Santo es también un día para el silencio, el silencio cuando no tenemos respuestas,
el silencio cuando tenemos que lidiar con la propia incapacidad para estar a la altura de lo que se esperaba,
el silencio de quien sabe que ahora toca callar y esperar.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
El Salmo 22 inmediatamente me lleva a las palabras de Jesús en la cruz.
Al escuchar de nuevo las palabras del Salmista, evoco el descendimiento de la cruz.
Es ese momento en que María acoge el cuerpo sin vida de su hijo.
Ese abrazo herido y silencioso.
Evoco también el camino hasta el Sepulcro y la forma en que lo te positaron allí.
Pero lo hago acogiendo la promesa que el Señor hizo en vida, aunque tantas veces se nos olvidan.
Al tercer día, resucitaré.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Te queda lejos mi clamor, el rugido de mis palabras.
Dios mío, te llamó de día y no respondes, de noche y no me doy tregua.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía. Apresúrate a su córrerme.
Libra mi vida de la espada, mi única vida de la garra del mastín.
Salvame de las fauces del león, de los cuernos de búfalos a este desgraciado.
Contaré tu fama a mis hermanos, en plenas amblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo, linaje de Jacob, glorificadlo, reverenciadlo, linaje de Israel.
Porque no ha despreciado ni le ha repugnado la desgracia de un desgraciado.
No le ha escondido el rostro, cuando pidió auxilio le escuchó.
Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea, cumplire mis votos delante de los fieles.
Comerán los desvalidos hasta saciarse y alabarán al Señor los que lo buscan.
No perdáis nunca al ánimo, los recordarán y se volverán hacia el Señor todos los confines de la tierra.
Se postrarán en su presencia las familias de los pueblos, porque el Señor es rey, el gobierna a los pueblos.
ante él se postrarán las temizas de la tumba, ante él se encorvarán los que bajan al polvo.
Conservará mi vida, mi descendencia le servirá y contará quienes a la generación venidera,
le anunciará su justicia al pueblo que ha de nacer, así actuó el Señor.
A veces una mañana luminosa se transforma de repente en a tarde cidad gris.
A veces se hace la oscuridad impenetrable en mi interior. A veces todo es de noche.
A veces sólo siento unas enormes ganas de llorar. A veces pese a la edad más que el número de años.
A veces la soledad huele tanto a veces.
En esos momentos, en los que todo se marcha de mi lado, tú te quedas.
Siempre estás ahí. A lo mejor oculto en mi oscuridad, en mis nieblas, en mis lágrimas,
en el peso de mis días, en mis soledad.
Así que ahora, en este instante, quiero decirte que sé que también estás en esta tardecida,
en esta oscuridad, en esta noche inacabable, en estas lágrimas,
en estos años que me ha regalado y que sé que nunca me dejas sólo.
Tú lo dijiste. Y saber que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Con la esperanza vibrando dentro de mí, con los pies en la tierra, en la realidad,
cruda a veces, pero el corazón alzado a lo alto, respirando horizonte,
dando sentido a lo vivido, a lo real, a lo verdadero.
Hago un guiño al señor y le confío mis emociones, todo aquello que ha resonado en este rato.
Termino sintiendo cómo María toma mi mano con firmesa y suavidad
y me acompaña ajustando el paso, el ritmo de la espera.
Le pido que me ponga con su hijo, que sostenga mi esperanza, nuestra esperanza.
Dios te salve María, llena a heres de gracia, el Señor es contigo.
Vendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, madre de Dios, rega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amen.

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