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Hoy es 23 de marzo, lunes de la Quinta Semana de Coaresma.
Aquí vengo, señor, a disponerme a vivir de tu palabra.
Ahora solo importas tú.
Busco el encuentro contigo.
Me dispongo y acojo tu presencia.
Escucharé lo que tengas a bien decirme.
Me moveré en la dirección que tú me indiques,
pues solo busco seguirte, mí dios.
Alímentame con tu palabra y mi vida será más plena.
La lectura de hoy es del Evangelio de Juan.
Jesús se retiró al monte de los olivos.
A la manecer se presentó de nuevo en el templo
y todo el pueblo acudía a él.
Y sentándose le se enseñaba.
Los escribas y los escribas,
y los escribas, y los escribas.
Y no se les enseñaba.
Los escribas y los escribas.
Los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio.
Y colocándola en medio le dijeron.
Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
La ley de Moisés nos manda a pedrear a las adulteras.
¿Tú qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle,
Jesús se incorporó y les dijo,
el que esté sin pecado, que le tira la primera piedra.
E inclinándose otra vez, si yo escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabuyendo uno a uno,
empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó.
Mujer, ¿dónde están tus acusadores?
Ninguno te ha condenado?
Ella contestó, ninguno, señor.
Jesús dijo, tampoco yo te condeno.
Anda, y en adelante no peques más.
Mujer, ¿dónde están tus acusadores?
Señor, mis brazos se cayeron.
Las luces se escondieron.
No puedo caminar.
Restáurame, restáurame esta herida.
Sin ti no tengo vida.
Vamos juntos a amar.
Señor, tu mano me ha tocado.
Ya no tengo pecado.
De vuelvo a encontrar.
Señor, tu mano me ha tocado.
Ya no tengo pecado.
De vuelvo a encontrar.
La sociedad tiene leyes, no escritas, que regulan quiénes son los triunfadores y quiénes los perdedores.
¿Quiénes son admirados y quiénes son mal vistos?
¿Quiénes son dignos de escuchar y quiénes son judgados con desprecio o con temor?
Identificas las leyes en tu vida cotidiana.
Contemplate levantando una piedra delante de uno de esos hermanos tuyos más marcados.
Escucha la palabra, el que esté libre de pecado que tira la primera piedra.
No se trata de justificar todo ni de quitar la importancia.
Se trata más bien de ayudar a mirar la realidad de las personas con sensibilidad, con honestidad
y siendo consciente de que hay ocasiones en que todos necesitamos otra oportunidad.
Contempla la adultera cuando todos los demás se han ido y Jesús se acerca a ella.
Entra dentro del corazón de esta mujer, que ahora acoge las palabras de salvación de Jesús.
Tampoco yo te condeno.
Anda, llena delante, no peques más.
Recibe estas palabras como dirigidas a ti ahora.
¿Qué siente tu corazón hacia Jesús?
¿Qué siente tu corazón hacia Jesús?
¿Qué siente tu corazón hacia Jesús?
¡Vuelve a escuchar el texto desde la posición de la adultera!
Intenta situarte en la piel de quienes sufren el juicio implacable de la sociedad por los motivos que sean.
Dios abre la puerta a la reconciliación, a la sanación y a la libertad.
Alegrate con ella cuando es salvada y rescatada por Jesús.
Jesús se retiró al monte de los olivos.
A la manecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y sentándose les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y colocándola en medio le dijeron.
Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
La ley de Moisés nos manda a pedrear a las adulteras. ¿Tú qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, Jesús se incorporó y les dijo, el que esté sin pecado que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez si yo escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabuyendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó, mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?
Ella contestó, ninguno señor. Jesús dijo, tampoco yo te condeno.
Anda, y en adelante no peques más.
Se acercaban a ti como más tienes hambrientos, con preguntas como dentelladas
que no buscaban otra cosa que desgarrara el amor y la misericordia.
Y tú le diste la vuelta a todo.
Terrepente, el acusado se convirtió en juez.
Los acusadores se sintieron condenados.
La condenada se vio a suelta y su corazón.
Rebozante de agradecimiento quedó para siempre ligado a ti.
Y todo esto lo conseguiste sin imutarte, sin moverte,
pronunciando las palabras justas, mientras seguías escribiendo palabras de amor sobre la arena.
En este momento final de la oración, descubrele tu corazón al Señor.
Es presale tu agradecimiento por cómo él ha estado presente cuando peor lo has pasado.
O por cómo te ha levantado del suelo y te ha defendido cuando habías caído o te sentías atacado.
También puedes pedirle perdón si tal vez has condenado injusto o exageradamente a otros.
O si no supiste defender a los débiles cuando fueron atacados o juzgados.
Conciale todo al Señor y pídele que no te abandone para que te sientas acompañado siempre
y con la palabra justa innecesaria en la boca cuando se trate de defender a los débiles.
Si no te hagas caído o te sentías atacado,
te sentías a las palabras de amor sobre la arena.
O si no te hagas caído o te sentías atacado,
te sentías atacado o te sentías atacado.
Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino,
hagasse tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día,
perdonar nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación y libranos del mal.
Amén.

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